sábado, 30 de octubre de 2010

Autor: Ivan Segarra

Estoy enseñándole a los brazos a orar sin ti,
porque tú eres mi oración, mi pecado, mi delirio, mi abandono más constante y trágico,
mi crucifixión en el valle de la palabra muerta.
Estoy enseñándole a la sinagoga de mi alma
a despertar sin ti
porque tú eres mi pasaje sin rumbo entre las manos de la muerte.
Estoy orándole al tiempo para que te marches, para que regreses,
para que te escapes de mi mente y de mi infalible memoria
que agoniza por tus besos
en el extraño lenguaje del corazón sin verte.
Estoy enseñándole a volar a mis labios para que te encuentren,
para que te guíen sobre el misterio carnoso de mis dedos
que respiran en la cítara escondida de tu alma.
Estoy enseñándole a volar a los pájaros que hicimos con la luna
y en mutismo del aire pensaron cómo amarse;
y estamos llegando a la luz por extraños caminos
sin orillas, sin preceptos ni prejuicios, sin deforestar el árbol de la palabra
y haciendo del verso nuestro escudo;
y sobre la voz del tiempo, una naranja, que comemos con los dedos.

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